Un mundo sin maestros

¿Te imaginas cómo sería un mundo sin maestros? ¿Qué sería tu vida sin maestros? ¿Recuerdas cómo cambió tu vida tu mejor maestro?

La mejor maestra de Preescolar

Han pasado muchos años desde que terminé la educación (formal). He tenido muchos, muchísimos profesores… He vivido la desesperanza de entrar a una clase en donde quien la imparte sólo recita un libro (¡en serio, palabra por palabra!) o para quien los alumnos no son mas que objeto de desinterés y la manera más práctica para llevar a su casa un cheque quincenal. También he tenido la gran bendición de encontrar a clases formidables. Una de ellas fue cuando apenas tenía 3 años.

El perfume de violetas delataba su cercanía. Se llamaba Nina y a mí me impresionaba su cabello muy negro, impecablemente ajustado en un chonguete monón. La luz lograba burlar la sombra de aquel gran arbol canadiense para entrar por el gran ventanal al salón; afuera salían los niños de clase y ella me esperaba después de su horario para hacerme un examen que determinaría si podía entrar casi un año antes a la escuela.

Cuando escucho que dicen que los niños no tienen preocupaciones, nomás me acuerdo de ese día. Era para mí muy importante estar en la escuela y estaba nerviosa, aunque trataba que no se notara mucho (astuta… pensé que tal vez eso también lo calificarían). Preguntó los colores, algunas letras, me pidió unos dibujitos, y todo iba perfectamente bien hasta que apareció la prueba más temida de todas: el zigzag y las tijeras.

Cuando me dijo que cortara por la línea, no tuve mas que aguantar el aire (consejo de mi abuelito para hacer cosas con mucha precisión) y empezar a cortar, raya por raya, hasta terminar la hoja. La verdad sea dicha, no me quedó muy bien. Pero ella, al terminar el examen, me dijo que lo que contaba no era tanto el resultado perfecto, sino que me había esforzado por lograrlo, había tomado bien las tijeras, había comprendido y seguido las instrucciones, me había concentrado y el resultado había sido muy bueno, porque -finalmente- estaba allí para aprender y divertirme.

Ahora, casi treinta años después, cuando estoy ante algún obstáculo del que no sé qué tan bien librada saldré, pienso que el examen puede no residir exactamente en que logre un resultado perfecto, sino en comprometerme con el proyecto, poner toda mi capacidad para lograr un buen resultado, sin desaprovechar la diversión de vivir. Me pregunto por qué me resulta tan difícil la práctica, si la teoría ya la tengo tan bien aprendida.