El derecho al delirio

Y en este mundo de cabeza… ¿por qué no deliramos por un ratito?

Lectura en compañía (forzada)

Hace mil años, cuando iba a la Universidad, tomaba mi transporte a las 5.30 de la mañana y abría mi libro para hacer menos largo el camino. Se necesitaba de una prodigiosa concentración -que a fuerza de viajes fui logrando- para adentrarse en el contenido y no distraerse con la vida misma que pasaba alrededor, tironeando de las hojas para hacerle caso sin concesión alguna.

Seguro a todos les ha pasado alguna vez: Cuando al (la) vecino(a) de butaca no le daba un acceso de tos que me hacía dudar si iniciar con los primeros auxilios, tenía sueño de reserva que le llegaba a raudales a los 10 minutos de sentado(a) y ponía a prueba la elasticidad de su cuello, incluía de aquellos estorbosos walkmans para proporcionar música de fondo a los acompañantes, o de plano lográbamos sintonizar nuestras almas en el terror comunitario pues el chofer resultaba todo un Fitipaldi y -como en el caso de aquel que todos llamaban Pirata, por sospechosas razones- hacía que entráramos en un tunel del tiempo para llegar tan sólo 50 minutos a nuestro destino, en lugar de los 90 minutos reglamentarios.

En fin, no me desvío más… Dejo un regalito dominical para aquellos que -como yo por 4 años- tuvimos que practicar el discreto arte de leer en compañía.