Esta mañana

Después de casi 5 meses, hoy Pascual regresó a la escuela.

Lleva con cubrebocas, va bien forradito con su abrigo de ilusiones por hacer amigos, aprender y dispuesto a recuperar el tiempo de recuperación en casa.

No pudo dormir por la emoción de conocer a sus compañeros que lo esperan. Despertó temprano, se arregló pronto, desayunó y fue el primero en subir al auto. Lo vi entrar a su salón y sentarse contento en su pupitre, rodeado de compañeros que apenas conoció unas horas. Regresamos a casa y extraño oír sus pasos, sentir su manita al cruzar la calle y platicar sobre la nueva pista por la cuál descubrió que Spiderman no puede ser real o ver cómo hace las sumas en su mesita junto a mi escritorio.

Y encuentro que en estos 5 meses mi vida entró en un túnel en donde el tiempo tiene otro ritmo, más marcado por las citas, doctores, laboratorios, muestras, y seguimientos que por semanas y meses. Encuentro que mi corazón necesita organizarse para asumir de lleno esta nueva manera de vivir “normalmente” con las quimios faltantes, haciendo frente a la preocupación por sus riñones, los contagios y las adaptaciones.

Entonces recuerdo lo contento que iba Bruno hoy a su escuela. No hay de otra: a sacar ánimo, que la vida se abre camino.

Tal vez el desazón que siento no sea sino el aire fresco que anticipan las mañanas del corazón, promesa de que tenemos otra oportunidad para volver a vivir felices.

“Taare Zameen Par” (Estrellas en la tierra)

¿Qué tiene en común un niño de 8 años, los sistemas rígidos escolares, las letras bailarinas y la vocación de un maestro?

Bueno, pues para descubrirlo les recomendamos ver la película “Taare Zameen Par” (Estrellas en la tierra), película de la India selección oficial de la India para los Premios Óscar de 2007.

Esta historia se centra en la necesidad de comprender que todos los niños son distintos y maravillosos. Que este mundo está inmerso en una eterna carrera competitiva continua, provocando que –en su vorágine- la verdadera belleza pase inadvertida a nuestros ojos. Es una historia larguita (2h 39min), pero –en lo personal- nos ha encantado.

Cuando la vimos, recordamos a todos los maestros que en realidad dejaron huella profunda en nuestra vida y descubrimos que fueron los que en enseñaban con alegría, vocación, compromiso, con el genuino fin de enriquecer el espíritu del ser humano que tenían frente a sí; encontramos maestros verdaderos en nuestros padres, profesores, amigos, vecinos, medios públicos (como @Radiombligo y @Radioeducacion) o simplemente aquellas personas con que cruzamos alguna vez y dejaron alguna enseñanza profunda en nuestra vida.

¡Un hermoso recuerdo para los humanos que -aún sin saberlo- van por la vida enseñando amorosamente a sus semejantes!

Caminito de la escuela

Hoy fue el primer día de Kinder para Pascualito. Le costó trabajo dormir por la emoción de estrenar vida, conocer amigos, aprender a leer. Iba contento, con zapatos relucientes, brillo de emoción en sus dos ojitos negros y una gran sonrisa.

Misterio de la vida: Si este descubrimiento es motivo de tanta alegría para él ¿por qué se me atraviesa ese traicionero nudo en la garganta cuando veo que toma contento la mano de su maestra para entrar al salón?

Cosas de mamás, yo creo…

La mejor maestra de Preescolar

Han pasado muchos años desde que terminé la educación (formal). He tenido muchos, muchísimos profesores… He vivido la desesperanza de entrar a una clase en donde quien la imparte sólo recita un libro (¡en serio, palabra por palabra!) o para quien los alumnos no son mas que objeto de desinterés y la manera más práctica para llevar a su casa un cheque quincenal. También he tenido la gran bendición de encontrar a clases formidables. Una de ellas fue cuando apenas tenía 3 años.

El perfume de violetas delataba su cercanía. Se llamaba Nina y a mí me impresionaba su cabello muy negro, impecablemente ajustado en un chonguete monón. La luz lograba burlar la sombra de aquel gran arbol canadiense para entrar por el gran ventanal al salón; afuera salían los niños de clase y ella me esperaba después de su horario para hacerme un examen que determinaría si podía entrar casi un año antes a la escuela.

Cuando escucho que dicen que los niños no tienen preocupaciones, nomás me acuerdo de ese día. Era para mí muy importante estar en la escuela y estaba nerviosa, aunque trataba que no se notara mucho (astuta… pensé que tal vez eso también lo calificarían). Preguntó los colores, algunas letras, me pidió unos dibujitos, y todo iba perfectamente bien hasta que apareció la prueba más temida de todas: el zigzag y las tijeras.

Cuando me dijo que cortara por la línea, no tuve mas que aguantar el aire (consejo de mi abuelito para hacer cosas con mucha precisión) y empezar a cortar, raya por raya, hasta terminar la hoja. La verdad sea dicha, no me quedó muy bien. Pero ella, al terminar el examen, me dijo que lo que contaba no era tanto el resultado perfecto, sino que me había esforzado por lograrlo, había tomado bien las tijeras, había comprendido y seguido las instrucciones, me había concentrado y el resultado había sido muy bueno, porque -finalmente- estaba allí para aprender y divertirme.

Ahora, casi treinta años después, cuando estoy ante algún obstáculo del que no sé qué tan bien librada saldré, pienso que el examen puede no residir exactamente en que logre un resultado perfecto, sino en comprometerme con el proyecto, poner toda mi capacidad para lograr un buen resultado, sin desaprovechar la diversión de vivir. Me pregunto por qué me resulta tan difícil la práctica, si la teoría ya la tengo tan bien aprendida.