Pascualito Jack Jack

Que el chico está a todo motor, ni duda cabe. Sólo queda recordar aquellos gloriosos días en que la casa estaba impoluta, los pisos relucientes y nada de polvo ni cosas fuera de su lugar. Ahora, en el afán de descubrimiento de la vida, tenemos en un momento a cargo del capitán Pascualín una excursión debajo de la mesa, lo encontramos nadando en el suelo o jalando el barandal de su cama para ver si de veras aguanta.

No, no crean que es uno de esos demonillos de Tazmania o mocosos descarriados que destruyen las cosas por fastidiar, en verdad que todo lo hace con afán de descubrir (¿o será que soy su Mamá?) Tsssss.

Verlo en acción, me recuerda mucho al pequeño Jack Jack de “Los Increíbles” a cargo de quien viene el siguiente corto.

Nada como mamá… Nada como mamar.

Lo dicho: el mejor alimento para el bebé, el mejor envase, al mejor precio.

¡La leche materna es para tu hijo!

Ciencia y Fut en México…

Encontré un artículo escrito por el Dr. René Drucker Colín, publicado en La Jornada. Al Dr. Drucker le tengo especial agradecimiento por su esfuerzo por difundir la ciencia en términos prácticos para todos.  Si no has escuchado sus famosas cápsulas radiofónicas en RadioUNAM llamadas “La ciencia en dosis homeopáticas”, te invito a hacerlo.

El artículo al que me refiero me llamó la atención de manera especial e incluyo a continuación un extracto. Para ver el artículo original, basta con presionar la liga del final del artículo.

El 4 de junio del presente año, Carolina Aranda Cruz, de 11 años, estudiante de quinto de primaria, fue invitada a dar un discurso en el World Trade Center ante cientos de pediatras y del secretario de Salud. Su discurso terminó con una frase devastadora: “Pobre México nuestro, tan cerca del futbol y tan lejos de la ciencia”.

Algunos extractos de su discurso son apabullantes; Carolina dice: “¿Por qué apoyar más a los futbolistas que a los científicos? ¿Son mejores personas? ¿Producen mayor riqueza? ¿Nos divierten más? No creo, gracias a los científicos también nos divertimos, ellos inventaron las computadoras, los ipods, los simuladores. Además, salvo algunos casos, los jugadores de futbol nos hacen ver muy mal mundialmente y nuestros científicos, que nadie apoya, no”. Y en otro segmento de su discurso expone: “Me da pena que nuestro gobierno y nuestros empresarios inviertan tanto en futbol y seamos tan malos. Me da pena que inviertan tan poco en ciencia y seamos tan buenos. Tenemos la mejor universidad de Hispanoamérica, según la revista Time, y cada vez le damos menos recursos a la UNAM. ¿Por qué no apoyar a lo que ya dé resultados? Un país que no invierte en ciencia y educación siempre será un país pobre. ¿Queremos un México pobre?”

¡Qué les parece! Carolina le dio al clavo, y por demás, pues tiene razón. Ya lo vimos, por poco perdemos en futbol con Cuba, país donde ese deporte casi no se juega, y perdimos con Honduras. Pero ejemplos de ésos abundan en la historia del futbol mexicano…

(¿Deseas leer todo el artículo? Ir a página fuente )

Fuente: Periódico la Jornada, Martes 12 de junio 2007

Parece que en México gobiernan los dueños de la TV…

A continuación se reproduce la participación de Denisse Dresser ante la Comisión de Comunicaciones y Transportes de la Cámara de Senadores el 15 de febrero 2006, respecto a la inminente aprobación a las reformas a la ley de Radio y Televisión. No hay desperdicio alguno en su participación, y tristemente refleja la situación en que nos encontramos.

Vengo a informarles algo. ¿Sabían que ustedes trabajan para mi y para 100 millones de mexicanos? ¿Que yo – a través de mis impuestos – pago el sueldo que ustedes mensualmente reciben? ¿Que ustedes, por ello, tienen la responsabilidad fiduciaria de proteger el interés público? Parto de esa premisa básica porque parecería que pocos aquí la entienden.

Porque al presenciar lo que ha ocurrido en torno a la ley de Radio y Televisión es inevitable preguntarse “¿Quién gobierna?”, como preguntaba el politólogo Robert Dahl en un texto clásico. “¿Quién gobierna?” preguntan ciudadanos como yo, pasmados frente a lo que contemplan en este debate. Porque parecería que en México, no gobiernan los representantes de la población-ustedes – sino los dueños de la televisión.

Porque todos sabemos el orígen de una iniciativa en la que Televisa hace lo que siempre ha hecho. Usar el peso y el poder que tiene para promover sus interese. Presionar hasta donde puede para ver qué tanto consigue. Empujar hasta donde encuentra resistencia. Lo ha logrado antes y lo sigue logrando ahora. Porque no encuentra resistencia.

Porque el problema fundamental no está en la oficinas de Chapultepec sino en las oficinas del Congreso. En las oficinas de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. En las oficinas de ustedes. En las oficinas de quienes deberían regular intereses particulares – vis a vis un bien público que es el espacio radioeléctrico – pero no lo hacen. Que deberían tomar decisiones en función del interés público pero no lo hacen. Que deberían oponer resistencia a las demandas de las televisoras pero no lo hacen.

Nadie duda que la Ley de Radio de Televisión necesitaban revisión. Nadie cuestiona que era indispensable su modernización. Por las concesiones discrecionales y la regulación inexistente, por la concentración cuestionable y los contrapesos ausentes. Porque los medios con frecuencia no se comportan como el Cuarto Poder sino como el Primero. De allí la necesitad de actualizar, de transparentar, de reinventar una legislación para promover el interés público en vez de ignorarlo. De enfrentar a los intereses enquistados y a los cabilderos pagados. De acotar a los concesionarios y el poder que han logrado acumular. Una agenda que varios senadores – como lo ha recordado Dulce María Sauri – llevaban cinco años infructuosos intentando impulsar. Una agenda obstaculizada a cada paso por quienes tenían mucho que perder frente a ella.

Y de pronto, el “fast track”. Y de pronto, un dictamen votado en 7 minutos, sin un sólo voto en contra, sin una sola abstención. Un Congreso paralizado por la división la supera, demostrando que cuando todos piensan de la misma manera, nadie está pensando mucho. Y por ello la iniciativa huele mal. Huele a intereses coludidos. Huele a diputados rendidos. Huele a representantes públicos enpantallados.

Y allí está el resultado: una propuesta parcial y maniatada. Una iniciativa que aparenta ser lo que no es y debería ser: una reforma integral y democrática capaz de fomentar la competencia real, la desconcentración verdadera, la regulación auténtica, la ciudadanización necesaria, la rendición de cuentas completa. Una reforma que colocara el interés público por encima de los intereses privados. Una reforma que le devolviera a los ciudadanos parte del poder que han adquirido los concesionarios. Pero el dictamen que los diputados aprobaron con tanta celeridad está lejos de ser eso. Basta con leerlo. Basta con examinarlo, punto por punto. Parece moderno pero no alcanza a serlo, o lo es de manera incompleta.

Suena bien pasarle la pelota a la Cofetel. Suena bonito hablar de sus nuevas atribuciones y su nuevo poder. Suena “políticamente correcto” anunciar el fin de la discrecionalidad presidencial y el arribo de la autonomía reguladora. Pero esos argumentos ignoran un hecho evidente para los consumidores de México. Las autoridades regulatorias – desde hace años – están comprometidas. Capturadas. Decisión tras decisión demuestran que están cerca del bolsillo de los intereses privados y lejos del interés público y esta ley no garantiza la autonomía real. Allí están las declaraciones de Abel Hibert de la Cofetel, criticando la telefonía por internet y defendiendo a las “telefónicas tradicionales”, o sea Telmex. Allí está Pedro Cerisola a las órdenes de Carlos Slim como lo sugiere un artículo publicado en el Wall Street Journal el 10 de febrero. Allí está la Cofetel, guardando silencio sobre las tarifas de interconexión telefónica. Ellos y tantos otros, ahora con la responsabilidad de otorgar nuevas concesiones de radio y televisión a sus viejos aliados.

Y bueno, también suena atractivo fomentar la “transparencia” a través de subastas. Pero ése fue el mecanismo con el cual se privatizaron los bancos y Televisión Azteca, con las irregularidades cometidas y los resultados conocidos. Con criterios de lucro por encima de criterios de calidad. Con la venta al mejor postor pero no al mejor concesionario. Con el involucramiento subrepticio de Raúl Salinas de Gortari en el caso de la televisora. Subastas amañadas y licitaciones pactadas. Subastas que ahora prometen resolver el asunto de la opacidad, pero no tocan en problema de la concentración. Porque la concentración no se evita con licitaciones públicas. Porque subastar no llevará a desconcentrar. Porque subastar no aumentará la competencia en un sector dominado ya por jugadores grandes.

Pero al parecer de eso se trata. De reformar un poco para preservar mucho. De ceder en algo – como la contratación de tiempos por el IFE – para evitar ceder más y de fondo. De darle una maquillada a la ley para evitar una cirugía plástica mayor. Porque artículo tras artículo la iniciativa demuestra qué intereses defiende y de qué lado está parada. Evade la construcción de contrapesos. Elude el tema de sanciones a concesionarios cuando intentan venden apariciones en los noticieros o llevan a cabo vendettas contra sus enemigos. Evita hablar de un órgano regulador libre de los conflictos de interés como los que existen y funcionan en otros países. La iniciativa – de nuevo -deja a los ciudadanos desamparados, sin acceso a un bien público y a merced de quienes lo comercializan.

Y al aprobarla como lo hicieron, 327 diputados – cuya decisión tanto respeta el Senador Emilio Gamboa – colocaron un manojo de intereses por encima de 100 millones de mexicanos. Blindaron ese pacto tradicional entre los “representantes populares” y los medios que les permiten comprar su popularidad. Demostraron que están cada vez más lejos de la función para la cual fueron electos. Porque las reformas propuestas sólo serían aplaudibles si también le regalaran a cada mexicano acciones de Televisa o TV Azteca. Sólo así podrían compartirse los beneficios de un plan con maña.

Y si ustedes aprueban la semana que entra el dictamen sin cambiarle una sola coma como lo pronostica la revista Proceso, demostrarán quienes son. Demostrarán que México se ha convertido en el país del “por lo menos”; el país de los estándares bajos y las expectativas encogidas; el país donde las minutas son malas, pero podrían ser mucho peores. Donde las expectativas son tan bajas que cualquier dictamen por tramposo que sea puede satisfacerlas fácilmente. Por lo menos habrá más certidumbre. Por lo menos se menciona la autonomía de la Cofetel, dicen. Por lo menos es un avance, dicen. Por lo menos hubo consultas públicas, dicen.

Y lo siento, señoras y señores. Estos argumentos – como los que enarbola el Senador Osuna – tienen un común denominador; parten de la premisa “así es México”. Parten de la inevitabilidad. Parten de la conformidad. Ya lo decía Octavio Paz: “La resignación es una de nuestras virtudes populares”. Más que el brillo de nuestras victorias nos conmueve nuestra entereza ante la adversidad”. Nuestro conformismo con la concentración duopólica. Nuestra paciencia frente a las ilegalidades que comete el dueño de TV Azteca. Nuestra tolerancia ante empresarios que venden malos productos porque no enfrentan la competencia que aumentaría su calidad. Nuestra resignación ante el poder de la pantalla. Nuestra convicción compartida de que esta ley es mejor que nada. Nuestra complicidad con el stats quo.

Complicidad que equivale a una apología del gradualismo que beneficia a pocos y perjudica a muchos. Y señoras y señores, México solo será un país mejor para sus habitantes cuando sus senadores dejen de pensar en términos relativos y empiecen a exigir en términos absolutos. Cuando se conviertan en servidores públicos armados con una visión de lo que podría y debería ser. Cuando digan que los dictámenes fallidos y la concentración duopólica y la digitalización gratuita y el poder desbordado de las televisoras y la claudicación del gobierno son realidades que ningún mexicano – y menos un senador de la República – está dispuesto a aceptar

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