Terremoto en el corazón

Sucesos tan lamentables como los terremotos que hemos vivido en México el pasado 7 y 19 de septiembre de 2017 marcan nuestras vidas. Nos hacen conscientes de lo frágiles que somos, provocan la reflexión sobre las verdaderas prioridades, reconocemos lo incierto de lo que tantas veces damos por sentado, descubrimos lo afortunados que hemos sido durante tantos años y nos permite atestiguar la gran nobleza del corazón humano.

Es en el infortunio que los mexicanos nos descubrimos como sujetos activos de una comunidad que se sabe responsable y dependiente sólo de sí misma para sobreponerse a la desgracia. Aparece la solidaridad espontánea, desmedida, valiente y desinteresada, con la única finalidad de ser útiles a nuestros hermanos, no importando quiénes seamos nosotros ni quiénes son ellos, porque nos descubrimos -al fin- como un mismo ente al que le duele en el corazón la desgracia ocurrida en su colectividad.

Y es esta fuerza incontenible, el combustible para la organización natural y efectiva: surgen manos para rescatar a personas debajo de escombros, salen miles a recolectar herramienta, medicamento, alimento y apoyo para aliviar el dolor del cuerpo y alma y sentimos a nuestros hermanos más cerca que nunca. Millones de personas piensan en cómo hacerse útiles, poniendo a disposición de los demás con lo que son y lo que tienen, privilegiando la urgencia de los demás sobre la propia.

Se borran divisiones que cotidianamente la sociedad da por sentado: estudios, religión, ingresos y origen son sólo un dato anecdótico, que viene al cuento compartir con quien está al lado sólo si esto ayuda en la emergencia. Es cuando la pericia de los albañiles para saber cómo romper muros y abrir brechas que permitan rescatar personas atrapadas es tan valiosa como el conocimiento de los doctores que esperan fuera para curar y salvar vidas; es cuando se abren las contraseñas de wifi para que todos puedan comunicarse y se organizan vecinos para hacer comida para los voluntarios, mientras los ciclistas se ofrecen para ir a recoger donativos y llevarlos a centros de acopio; es cuando la sociedad descubre las redes sociales como un poderoso medio para direccionar esfuerzos de voluntarios y donaciones; es cuando los automovilistas llevan a desconocidos peatones con los que hasta ayer sólo compartían una ruta y las generaciones más jóvenes dan muestra de participación contundente; es cuando todos revisamos nuestras despensas y -como multiplicación milagrosa de panes- encontramos que hay más que suficiente comida para compartir con los demás, aún viviendo en una eterna crisis económica; cuando descubrimos hermanos de otros países dispuestos a darnos apoyo generoso y desinteresado; es cuando México, el México con raíces profundas y genuinas, cuyo ADN está presente en todos nosotros, despierta y vibra con todo su dolor, potencia y ternura guardados durante años.

Es mi más ardiente deseo que no se olvide lo luminoso de nuestro actuar como sociedad en medio de la desolación. Que -después de pasada la emergencia- recordemos que quien va al lado de nosotros arriesgaría todo (sí, hasta su vida) por sacarnos de un edificio colapsado.

Y como en todo, siempre está el contraste. Hay algunos cuya humanidad se ha perdido ya; esos que aprovechan estos momentos para buscar la propia ventaja. Por ser la impresionante minoría (tanto en número como en tamaños) no tendrán cabida en esta entrada. Que Dios se apiade de sus almas y se obtengan justicia en la tierra, pues la responsabilidad de muchos de ellos era -justamente- trabajar por el bien de la comunidad para prevenir desastres, emitir y hacer cumplir normas de seguridad que evitaran tragedias como la que vivimos o entregar a la población a su cargo el acopio solidario recibido. Están también quienes, siendo millonarios, se beneficiaron con las ventas extraordinarias de los miles que se volcaron a comprar agua, comida y medicinas para compartir con los demás, sin disminuir en un céntimo el precio.

Sólo me resta dejar aquí testimonio de que la salvación ante estas tragedias -y ante la compleja problemática que enfrentamos cada día- está en la fortaleza que logremos al actuar como uno, en ver por el bien común y vivir constructivamente la alegría íntima y pública de sabernos parte de nuestro amado México.