El perro cojo

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Cada vez que alguien me dice que sus perros son muy finos o que le han costado mucho dinero, pienso en los que hemos tenido en casa. Ninguno de abolengo. Todos llegados por azar. Algunos los encontramos a orilla del lago abandonados, otros los recibimos regalados por vecinos que querían “deshacerse” de los cachorritos de sus perros y algunos más se fueron ganando el cariño a fuerza de pura constancia en nuestra puerta. Pienso que no he tenido que gastar un peso en comprarlos y que ellos nos han regalado compañía, cariño, constancia nomás por el hecho de sentirse queridos. Finalmente, desde nuestro punto de vista, de eso se trata tener un perro: compañía, cariño y convivencia, sin etiquetarlo como “inversión”, como alguien me ha dicho del suyo.

Aquí dejo el recuerdo de Yago, el último perrito que tuvimos hace ya más de 9 años. Esta es la foto del día en que llegó a nuestra puerta. ¿Quién se podría negar a quererlo con esos ojos?

Si de algo estoy segura, es que nuestro próximo perrito será rescatado de la calle también.

También dejo aquí una hermosa poesía llena de amor perruno:


El Perro Cojo

Manuel Benítez Carrasco
Granada, 1922 — Granada, 1999

Con una pata colgando,
despojo de una pedrada,
pasó el perro por mi lado,
un perro de pobre casta.
Uno de esos callejeros,
pobres de sangre y estampa.

Nacen en cualquier rincón,
de perras tristes y flacas,
destinados a comer
basuras de plaza en plaza.
Cuando pequeños, qué finos
y ágiles son en la infancia,
baloncitos de peluche,
tibios borlones de lana,
los miman, los acurrucan,
los sacan al sol, les cantan.
Cuando mayores, al tiempo
que ven que se fue la gracia,
los dejan a su ventura,
mendigos de casa en casa,
sus hambres por los rincones
y su sed sobre las charcas.

Qué tristes ojos que tienen,
que recóndita mirada
como si en ella pusieran
su dolor a media asta.
Y se mueren de tristeza
a la sombra de una tapia,
si es que un lazo no les da
una muerte anticipada.

Yo le llamo: psss, psss, psss.
Todo orejas asustadas,
todo hociquito curioso,
todo sed, hambre y nostalgia,
el perro escucha mi voz,
olfatea mis palabras
como esperando o temiendo
pan, caricias… o pedradas,
no en vano lleva marcado
un mal recuerdo en su pata.

Lo vuelvo a llamar: psss, psss.
Dócil a medias avanza
moviendo el rabo con miedo
y las orejitas gachas.
Chasco los dedos; le digo:
“ven aquí, no te hago nada,
vamos, vamos, ven aquí”.
Y adiós la desconfianza.
Que ya se tiende a mis pies,
a tiernos aullidos habla,
ladra para hablar más fuerte,
salta, gira; gira, salta;
llora, ríe; ríe, llora;
lengua, orejas, ojos, patas
y el rabo es un incansable
abanico de palabras.

Es su alegría tan grande
que más que hablarme, me canta.
“¿Qué piedra te dejó cojo?
Sí, sí, sí, malhaya”.
El perro me entiende; sabe
que maldigo la pedrada,
aquella pedrada dura
que le destrozó la pata
y él, con el rabo, me dice
que me agradece la lástima.

“Pero tú no te preocupes,
ya no ha de faltarte nada.
Yo también soy callejero,
aunque de distintas plazas
y a patita coja y triste
voy de jornada en jornada.
Las piedras que me tiraron
me dejaron coja el alma.

Entre basuras de tierra
tengo mi pan y mi almohada.
Vamos, pues, perrito mío,
vamos, anda que te anda,
con nuestra cojera a cuestas,
con nuestra tristeza en andas,
yo por mis calles oscuras,
tú por tus calles calladas,
tú la pedrada en el cuerpo,
yo la pedrada en el alma
y cuando mueras, amigo,
yo te enterraré en mi casa
bajo un letrero: «aquí yace
un amigo de mi infancia».

Y en el cielo de los perros,
pan tierno y carne mechada,
te regalará San Roque
una muleta de plata.
Compañeros, si los hay,
amigos donde los haya,
mi perro y yo por la vida:
pan pobre, rica compaña.

Era joven y era viejo;
por más que yo lo cuidaba,
el tiempo malo pasado
lo dejó medio sin alma.
Y fueron muchas las hambres,
mucho peso en sus tres patas
y una mañana, en el huerto,
debajo de mi ventana,
lo encontré tendido, frío,
como una piedra mojada,
un duro musgo de pelo,
con el rocío brillaba.

Ya estaba mi pobre perro
muerto de las cuatro patas.
Hacia el cielo de los perros
se fue, anda que te anda,
las orejas de relente
y el hociquillo de escarcha.

Portero y dueño del cielo
San Roque en la puerta estaba:
ortopédico de mimos,
cirujano de palabras,
bien surtido de intercambios
con que curar viejas taras.

“Para ti… un rabo de oro;
para ti… un ojo de ámbar;
tú… tus orejas de nieve;
tú… tus colmillos de escarcha.
Y tú, -mi perro reía-,
tú… tu muleta de plata”.

Ahora ya sé por qué está
la noche agujereada:
¿Estrellas… luceros…? No,
es mi perro cuando anda…
con la muleta va haciendo
agujeritos de plata.

La magia de los títeres

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Cuando entran en escena, la magia sucede: Recupero aquellos ojos de niña que estaban abiertas a todas las maravillas del mundo. Entiendo que el peor error que ha tenido la humanidad es olvidar cómo mirábamos la vida cuando niños y se renueva en mí la certeza de que nacimos para ser felices.

Y para los males del alma: ¡Música!

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En los zapatos del otro

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Hablar sobre la violencia en México resulta siempre difícil porque -aunque sea inconscientemente- gran parte de la población ha desarrollado -por miedo quizá- una barrera ante la noticia de miles de casos terribles que ocurren en nuestro país a gente inocente. Tristemente es más fácil sentir que a quienes les ocurrió la desgracia son personas imaginarias, inexistentes sólo porque no cruzaron su camino con el nuestro. Hay quienes prefieren reducir el problema a un simple dato estadístico, lo que es más difícil porque 60, 80 o 100 mil muertes (según diferentes conteos) no pueden ocultarse “bajo la alfombra nomás” o aquellos sin entrañas que desearían que nadie alzara la voz para no espantar a esos siempre “huidizos” capitales extranjeros, a pesar de que callar significa perpetuar el ciclo violento.

Y comprendo por qué lo hacen así: ver este problema desde el punto humano implica comprometernos para parar esta escalada de deterioro social.

Pues este no será el caso.

Hay gente, como tú o como yo, cuya única desgracia fue estar en el lugar y momento equivocados y fueron víctimas… no sólo truncaron su vida con angustia, soledad, dolor, sino que -por cada uno de los asesinados (sí, suena fuerte, pero “esa” es la palabra precisa) muere una familia. Padres que no volverán a recibir una llamada o un abrazo de sus hijos, niños que no oirán ni sentirán jamás el calor de sus padres; hermanos que dejaron inconclusas entrañables historias y prometedores futuros; primos que ya no compartirán tardes de juego y amigos que no volverán.

Te felicito por llegar aquí. La gran mayoría habrá desertado a este punto, porque ¿para qué interesarse en tragedias que no son de uno?

Y justo ese es el caso: Cada una de las muertes sinrazón ES TRAGEDIA NUESTRA. Porque aquí vivimos, porque este es nuestro México, porque si no hacemos nada por pararla tarde o temprano llegará a nuestra familia, porque -si no ponemos un alto como comunidad- el deterioro social estará presente en cada uno de los aspectos en que se desarrollen nuestros hijos a futuro, porque no merecemos vivir con miedo y porque nadie va a parar esta sinrazón de manera pacífica y organizada si no lo hacemos nosotros. Escuché hace poco a alguien que decía que no podía hacer nada al respecto, porque no era político ni dirigente… y esa es justamente la paradoja…

¿Y cómo lo haremos?

Desde donde empieza toda sociedad: por la familia misma.

La paz, esa escurridiza meta.
Muchos dicen que la paz no es el estado natural del hombre y que a lo largo de la historia siempre existió la violencia.  Y -pregunto- penar así ¿nos hace mejores? ¿tenemos entonces que conformarnos con vivir en la violencia? Pues la paz cuesta trabajo y -obvio- tenemos que aplicarnos todos. Empieza con actos tan pequeños como no dejar pasar actos violentos como algo normal, cuidar el lenguaje en la casa, apoyar a los demás y fomentar la empatía en los pequeños.  Creo que -aunque haya sido práctica antigua- no esta bien regalar a los niños juguetes bélicos ni permitir que vean películas con contenido violento. ¿Por qué dejarlos viendo cómo se aniquilan unos contra otros (aunque sean los malos) en lugar de exigir como consumidor de productos visuales contenido de mayor calidad, con mayor exigencia de recursos intelectuales al televidente? Sí, sé que en muchísimos hogares mexicanos la TV ha pasado a ser la siniestra cuidadora de los niños porque ambos padres trabajan pero aún así ¿cómo esperar niños que den prioridad a opciones pacíficas si se les adoctrina todo el día con salidas fáciles, violentas, ilógicas, que perpetúan el consumismo ante todo para sentirse “realizados” como personas?

La verdad
La verdad puede ser fría, dura, trise, pero es la verdad y hay que vivirla. ¿Cómo exigir cuentas claras a nuestros hijos, parejas, jefes, padres, si no se dan al 100% por nuestra parte?

La honestidad
¿Que te pasaste el alto? Pide la multa y no caigas en la corrupción. ¿Que llegaste tarde?Pide disculpas SIN EXCUSA ALGUNA y haz un compromiso genuino personal con la administración de tu tiempo para cumplir los compromisos.

Claro, es difícil.

Para saber más:

¡Quiero más vacaciones!

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La mañana de hoy se dejó sentir el regreso a clases.

Primero que los zapatos que ayer boleó y dejó brillantes ya no le gustaban, luego que la fruta estaba sin tooodas las gotas de miel que a él le gustan y de remate, que el cepillo de dientes le hacía “cosquillas para llorar”. Al final se liberó a todo pulmón: “¡Quiero más vacacioneeees!”

Después de convencerlo de que sólo yendo a la escuela podría ser bombero, doctor, astronauta, científico -todo al mismo tiempo, según sus planes- vi que subió más resignado al auto.

Quedó la casa en silencio y entonces volvió a mí el enorme vacío post-vacaciones que hace tantísimos años no sentía.
Ahhh, ¡Cuánto lo extraño!Vacaciones

El mensaje para hoy:

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Preguntas…

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Y que el hijito aprovecha su carta para preguntar a los Reyes:

  • ¿Por qué ustedes no son 35?
  • ¿Por qué no traen millones y millones de regalos?
  • ¿Son amigos de Santa Claus?
  • ¿Cómo era el niño Dios en Belén? Es que yo no lo vi.
    ¿Me cuentan?”

¡De corazón!

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Y el mensaje principal de este día es: ¡Feliz Navidad para ustedes, humanos de buena voluntad!

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Sorpresa

Sonría por favor... No Comments »

¿Se han dado cuenta que las sorpresas más maravillosas generalmente no han requerido sino de una buena intención?

Me encontré este comercial (bueno, finalmente eso es) pero me ha parecido estupendo porque realmente no se ha invertido nada y es un impactante anuncio que pone de relieve el mensaje al espectador sobre el toque humano que tiene la línea.

Creo que sería un buen ejemplo de marketing a seguir para muchas marcas y -de paso- el pretexto para alegrar el día de varios.

Y para empezar la temporada navideña…

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Carta de Víctor Hugo a Juárez

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Juárez para mí es el mexicano más ilustre pues debido a su decidida acción y férrea voluntad México llegó a ser una República independiente.

Incluyo aquí la carta que escribió el celebre escritor Víctor Hugo pidiendo clemencia por la vida de Maximiliano de Habsburgo, autoproclamado emperador de México. La carta, escrita un día como hoy, llegó al destinatario después de que se había dado juicio, se encontró culpable y fusiló en el Cerro de las Campanas a Maximiliano. Decía así:

Carta de Víctor Hugo a Benito Juárez, 20 de junio de 1867, solicitando el perdón a Maximiliano pero reconociendo el triunfo de la República y el mérito de Juárez en la defensa de su patria.

Juárez, usted ha igualado a John Brown. La América actual tiene dos héroes, John Brown y usted. John Brown por quien la esclavitud ha muerto; usted, por quien la libertad vive. México se ha salvado por un principio y por un hombre. El principio es la República, el hombre, es usted.

Por lo demás, la suerte de todos los atentados monárquicos es terminar abortando. Toda usurpación empieza por Puebla y termina por Querétaro. En 1863, Europa se abalanzó contra América. Dos monarquías atacaron su democracia; una con un príncipe, otra con un ejército; el ejército llevó al príncipe. Entonces el mundo vio este espectáculo: por un lado, un ejército, el más aguerrido de Europa, teniendo como apoyo una flota tan poderosa en el mar como lo es él en tierra, teniendo como recursos todas el dinero de Francia, con un reclutamiento siempre renovado, un ejército bien dirigido, victorioso en África, en Crimea, en Italia, en China, valientemente fanático de su bandera, dueño de una gran cantidad de caballos, artillería y municiones formidables. Del otro lado, Juárez.

Por un lado, dos imperios; por otro, un hombre. Un hombre con otro puñado de hombres. Un hombre perseguido de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, de bosque en bosque, en la mira de los infames fusiles de los consejos de guerra, acosado, errante, refundido en las cavernas como una bestia salvaje, aislado en el desierto, por cuya cabeza se paga una recompensa. Teniendo por generales algunos desesperados, por soldados algunos harapientos. Sin dinero, sin pan, sin pólvora, sin cañones. Los arbustos por ciudadelas. Aquí la usurpación, llamada legitimidad, allá el derecho, llamado bandido. La usurpación, casco bien puesto y espada en mano, aplaudida por los obispos, empujando ante sí y arrastrando detrás de sí todas las legiones de la fuerza. El derecho, solo y desnudo. Usted, el derecho, aceptó el combate. La batalla de uno contra todos duró cinco años. A falta de hombres, usted usó como proyectiles las cosas. El clima, terrible, vino en su ayuda; tuvo usted por ayudante al sol. Tuvo por defensores los lagos infranqueables, los torrentes llenos de caimanes, los pantanos, llenos de fiebre, las malezas mórbidas, el vómito prieto de las tierras calientes, las soledades de sal, las vastas arenas sin agua y sin hierba donde los caballos mueren de sed y de hambre, la gran planicie severa de Anáhuac que se cuida con su desnudez, como Castilla, las planicies con abismos, siempre trémulas por el temblor de los volcanes, desde el de Colima hasta el Nevado de Toluca; usted pidió ayuda a sus barreras naturales, la aspereza de las cordilleras, los altos diques basálticos, las colosales rocas de pórfido. Usted llevó a cabo una guerra de gigantes, combatiendo a golpes de montaña.

Y un día, después de cinco años de humo, de polvo, y de ceguera, la nube se disipó y vimos a los dos imperios caer, no más monarquía, no más ejército, nada sino la enormidad de la usurpación en ruinas, y sobre estos escombros, un hombre de pie, Juárez, y, al lado de este hombre, la libertad.

Usted hizo tal cosa, Juárez, y es grande. Lo que le queda por hacer es más grande aún. Escuche, ciudadano presidente de la República Mexicana. Acaba usted de vencer a las monarquías con la democracia. Usted les mostró el poder de ésta; muéstreles ahora su belleza. Después del rayo, muestre la aurora. Al cesarismo que masacra, muéstrele la República que deja vivir. A las monarquías que usurpan y exterminan, muéstreles el pueblo que reina y se modera. A los bárbaros, muéstreles la civilización. A los déspotas, los principios.

Dé a los reyes, frente al pueblo, la humillación del deslumbramiento. Acábelos mediante la piedad. Los principios se afirman, sobre todo, brindando protección a nuestro enemigo. La grandeza de los principios está en ignorar. Los hombres no tienen nombre ante los principios, los hombres son el Hombre. Los principios no conocen sino a sí mismos. En su estupidez augusta no saben sino esto: la vida humana es inviolable.

¡Oh, venerable imparcialidad de la verdad! El derecho sin discernimiento, ocupado solamente en ser derecho. ¡Qué belleza! Es importante que sea frente a aquellos que legalmente habrían merecido la muerte, cuando abjuremos de esta vía de hecho. La más bella caída del cadalso se hace delante del culpable.

¡Que el violador de principios sea salvaguardado por un principio! ¡Que tenga esa felicidad y esa vergüenza! Que el violador del derecho sea cobijado por el derecho. Despojándolo de su falsa inviolabilidad, la inviolabilidad real, pondrá usted al desnudo la verdadera, la inviolabilidad humana. Que quede estupefacto al ver que del lado por el cual él es sagrado, es el mismo por el cual no es emperador. Que este príncipe, que no se sabía hombre, aprenda que hay en él una miseria, el príncipe, y una majestad, el hombre. Nunca se presentó una oportunidad tan magnífica como ésta. ¿Se atreverán a matar a Berezowski en presencia de Maximiliano sano y salvo? Uno quiso matar a un rey, el otro, a una nación. Juárez, haga dar a la civilización ese paso inmenso. Juárez, abolid sobre toda la tierra la pena de muerte. Que el mundo vea esta cosa prodigiosa: la república tiene en su poder a su asesino, un emperador; en el momento de arrollarlo, se da cuenta de que es un hombre, lo suelta y le dice: Eres del pueblo como los demás. Vete.

Ésa será, Juárez, su segunda victoria. La primera, vencer a la usurpación, es soberbia; la segunda, perdonar al usurpador, será sublime. Sí, a esos reyes cuyas prisiones están repletas, cuyos cadalsos están oxidados de asesinatos, a esos reyes de caza, de exilios, de presidios y de Siberia, a los que tienen a Polonia, a Irlanda, a La Habana, a Creta, a esos príncipes obedecidos por los jueces, a esos jueces obedecidos por los verdugos, a esos verdugos obedecidos por la muerte, a esos emperadores que tan fácilmente mandan cortar una cabeza, ¡muéstreles cómo se salva la cabeza de un emperador!

Por encima de todos los códigos monárquicos de los que caen gotas de sangre, abra la ley de la luz, y, en medio de la página más santa del libro supremo, que se vea el dedo de la República posado sobre esta orden de Dios: No matarás. Estas dos palabras contienen el deber. Usted cumplirá ese deber.

El usurpador será perdonado y el liberador no ha podido serlo, lástima. Hace dos años, el 2 de diciembre de 1859, tomé la palabra en nombre de la democracia, y pedí a Estados Unidos la vida de John Brown. No la obtuve. Hoy pido a México la vida de Maximiliano. ¿La obtendré?

Sí. Y tal vez en estos momentos ya ha sido cumplida mi petición Maximiliano le deberá la vida a Juárez. ¿Y el castigo?, preguntarán. El castigo, helo aquí,

Maximiliano vivirá “por la gracia de la República”.

Víctor Hugo
Hauteville House, a 20 junio de 1867

Dice la historia que ante el pelotón de fusilamiento, el condenado dijo: “Perdono a todos y pido a todos que me perdonen y que mi sangre, que está a punto de ser vertida, se derrame para el bien de este país; voy a morir por una causa justa, la de la independencia y libertad de México. ¡Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria! ¡Viva México!”

Para los Papás

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Y bueno, bien saben que por definición no me gusta lo que venga con marca Televisa. Sin embargo, siempre existe una excepción que confirma la regla y para mí es esta:

Explórate

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Normales ( . )( . )

Operadas ( + )( + )

Perfectas (o)(o)

Con frío (^)(^)

Grandes (o Y o)

Pequeñas (.)(.)

¡No importa cómo sean, explórate!

NO al cáncer de mama.

Solidarízate

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“Papá/Mamá: Tu no lo sabes, pero te estoy viendo”

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Como decía Gustav Mahler: “No hay más que una educación, y es el ejemplo”. Así que vamos a enfrentar el reto diario con mucho amor, entusiasmo y compromiso, pues será -al final de cuentas- lo que único perdurable que heredemos a nuestros hijos.

Lo más importante, sólo lo ve el corazón…

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La diferencia

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No a la cesárea innecesaria

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Y para ajustarnos a los tiempos, aquí el mensaje en hip-hop, con especial dedicatoria a los doctores que ven en cada embarazo no el inicio de una historia humana sino una jugosa oportunidad para hacer crecer sus cuentas bancarias:

La cesárea debe ser la última opción médica cuando las probabilidades para un parto natural han sido agotadas. Opino yo.

Qué difícil es hablar el español

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Y bueno… con todo y las diferencias lingüísticas, nos queremos.

Y Dios me hizo mujer

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Gioconda Belli

Y Dios me hizo mujer,
de pelo largo,
ojos, nariz y boca de mujer.
Con curvas y pliegues
y suaves hondonadas
y me cavó por dentro,
me hizo un taller de seres humanos.
Tejió delicadamente mis nervios
y balanceó con cuidado
el número de mis hormonas.
Compuso mi sangre
y me inyectó con ella
para que irrigara
todo mi cuerpo;
nacieron así las ideas,
los sueños,
el instinto.
Todo lo que creó suavemente
a martillazos de soplidos
y taladrazos de amor,
las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días
por las que me levanto orgullosa
todas las mañanas
y bendigo mi sexo.

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