Cazadores de música

Vivo con un melómano. Y eso hace aún más emocionante mi vida.

El colecciona música. Pero no se ufana por el número de piezas que tiene (como hacen tantos que creen que la cantidad es lo que importa en los tesoros), sino que pone su orgullo en la maravilla de cada pieza. Está abierto a todos los géneros y épocas, su único parámetro es la belleza, su profundidad, la ampliación de horizontes. Dice -con razón- que si todos conociéramos más de la música de otras culturas, nuestra humanidad descubriría lo cercanos que somos unos de otros, aunque se empeñen en clasificarnos por color, recursos, idiomas o religiones. Si conociéramos más música, sería menos probable caer en la tentación de las guerras, pues sabríamos que el otro guarda también una riqueza irreemplazable de emociones y sentimientos tan genuinos, lejanos y -a la vez- tan parecidos a los nuestros.

A donde vamos, llevamos nuestra red caza-piezas musicales siempre lista para atrapar el hallazgo. La diferencia con los cazadores de otros géneros es que -mientras que ellos cortan vidas creyendo egoísta y criminalmente que así las poseen, nosotros confiamos en que al atrapar una pieza musical y compartirla con otros, es posible que esta florezca, pues con un poco de suerte, algunos lograrán percibir cierto reflejo de su vida en ellas.

Aunque en principio podría parecer un pasatiempo muy tranquilo, no crean que siempre es así. Algún día -por ejemplo- mi cazador de música congeló la caminata en pleno arroyo congestionado del centro de la CDMX para detectar de dónde venía la música que le parecía estupenda. Sorteando los ríos de gente por fin dio con la fuente de la música: un resignado automovilista atrapado en el embotellamiento, que se sorprendió al saber alguien lo escuchaba. O aquella vez que estuvimos en una reunión y presenciamos la transformación de aquel invitado, el más tímido y lejano, en un súper-poderoso maestro de la musicalización con despliegue total de fechas, nombres y nuevos hallazgos. Fue como si se encontraran dos de una misma tribu añorada en parajes lejanos.

Y así… cada canción viene acompañada de alguna anécdota sobre su lugar de hallazgo. Y la atesoramos justo como se hace en los gabinetes botánicos en donde junto a la pieza encuentras la tarjetita de información sobre su recolección.

Esta pieza, por ejemplo, fue regalo que nos llegó con el Festival de Jazz del CeNArt hace algunos años. Jordi Barceló, el gran músico de Andorra fue invitado y su ejecución fue tan magnífica, que hasta valió la pena soportar a la parejita de al lado que platicaba sin cesar sobre su última incursión malograda en crucero. Fue magnífico presenciar ese momento luminoso en que un maestro ejecuta con entrega y cariño su creación.

Pues bien, una vez leída la tarjetita de este tesoro encontrado, lo compartimos con gusto con ustedes:

¡Viva la Música!