En un río ya muy lejano…

Apenas alcanza el metro y cada peca de su cara redondilla y temblorosa de frío brilla de felicidad, metida hasta la cintura en un arroyo claro, a la sombra de los árboles. Se asombra de cuántos pececitos grises ve en el fondo del agua, cómo nadan y parecen buscar -como ella- cada rayo de sol de esa mañana de verano. Arriba, las blancas nubes navegan su propio mar, con las velas hinchadas y luminosas.

Entre tanta vida, apenas escucha la algarabía de los más grandes, que juegan columpiándose de un árbol hasta tomar suficiente valor (o encontrar el límite de la fuerza) para caer en un chapuzón alegre a mitad del río en medio de las risas.

¡Cuánto daría porque el tiempo se detuviera allí, rodeada del cariño familiar, sabiéndonos parte de la naturaleza plena y con la seguridad de estar vivos!