En los zapatos del otro

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Hablar sobre la violencia en México resulta siempre difícil porque -aunque sea inconscientemente- gran parte de la población ha desarrollado -por miedo quizá- una barrera ante la noticia de miles de casos terribles que ocurren en nuestro país a gente inocente. Tristemente es más fácil sentir que a quienes les ocurrió la desgracia son personas imaginarias, inexistentes sólo porque no cruzaron su camino con el nuestro. Hay quienes prefieren reducir el problema a un simple dato estadístico, lo que es más difícil porque 60, 80 o 100 mil muertes (según diferentes conteos) no pueden ocultarse “bajo la alfombra nomás” o aquellos sin entrañas que desearían que nadie alzara la voz para no espantar a esos siempre “huidizos” capitales extranjeros, a pesar de que callar significa perpetuar el ciclo violento.

Y comprendo por qué lo hacen así: ver este problema desde el punto humano implica comprometernos para parar esta escalada de deterioro social.

Pues este no será el caso.

Hay gente, como tú o como yo, cuya única desgracia fue estar en el lugar y momento equivocados y fueron víctimas… no sólo truncaron su vida con angustia, soledad, dolor, sino que -por cada uno de los asesinados (sí, suena fuerte, pero “esa” es la palabra precisa) muere una familia. Padres que no volverán a recibir una llamada o un abrazo de sus hijos, niños que no oirán ni sentirán jamás el calor de sus padres; hermanos que dejaron inconclusas entrañables historias y prometedores futuros; primos que ya no compartirán tardes de juego y amigos que no volverán.

Te felicito por llegar aquí. La gran mayoría habrá desertado a este punto, porque ¿para qué interesarse en tragedias que no son de uno?

Y justo ese es el caso: Cada una de las muertes sinrazón ES TRAGEDIA NUESTRA. Porque aquí vivimos, porque este es nuestro México, porque si no hacemos nada por pararla tarde o temprano llegará a nuestra familia, porque -si no ponemos un alto como comunidad- el deterioro social estará presente en cada uno de los aspectos en que se desarrollen nuestros hijos a futuro, porque no merecemos vivir con miedo y porque nadie va a parar esta sinrazón de manera pacífica y organizada si no lo hacemos nosotros. Escuché hace poco a alguien que decía que no podía hacer nada al respecto, porque no era político ni dirigente… y esa es justamente la paradoja…

¿Y cómo lo haremos?

Desde donde empieza toda sociedad: por la familia misma.

La paz, esa escurridiza meta.
Muchos dicen que la paz no es el estado natural del hombre y que a lo largo de la historia siempre existió la violencia.  Y -pregunto- penar así ¿nos hace mejores? ¿tenemos entonces que conformarnos con vivir en la violencia? Pues la paz cuesta trabajo y -obvio- tenemos que aplicarnos todos. Empieza con actos tan pequeños como no dejar pasar actos violentos como algo normal, cuidar el lenguaje en la casa, apoyar a los demás y fomentar la empatía en los pequeños.  Creo que -aunque haya sido práctica antigua- no esta bien regalar a los niños juguetes bélicos ni permitir que vean películas con contenido violento. ¿Por qué dejarlos viendo cómo se aniquilan unos contra otros (aunque sean los malos) en lugar de exigir como consumidor de productos visuales contenido de mayor calidad, con mayor exigencia de recursos intelectuales al televidente? Sí, sé que en muchísimos hogares mexicanos la TV ha pasado a ser la siniestra cuidadora de los niños porque ambos padres trabajan pero aún así ¿cómo esperar niños que den prioridad a opciones pacíficas si se les adoctrina todo el día con salidas fáciles, violentas, ilógicas, que perpetúan el consumismo ante todo para sentirse “realizados” como personas?

La verdad
La verdad puede ser fría, dura, trise, pero es la verdad y hay que vivirla. ¿Cómo exigir cuentas claras a nuestros hijos, parejas, jefes, padres, si no se dan al 100% por nuestra parte?

La honestidad
¿Que te pasaste el alto? Pide la multa y no caigas en la corrupción. ¿Que llegaste tarde?Pide disculpas SIN EXCUSA ALGUNA y haz un compromiso genuino personal con la administración de tu tiempo para cumplir los compromisos.

Claro, es difícil.

Para saber más:

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