Dejando la casa

Y bueno, seguro recordarán la extraña sensación de gusto-angustia cuando les llegó la noticia de que tendrían pronto un hermanito; no falta ser demasiado perspicaz para que después del sorpresón lleguen las lógicas dudas de… “¿y si se acaba todo el cariño que mi mamá tiene para mí?”, “¿y si resulta más simpático, inteligente, lindo, y se olvidan de mí?”, “¿y qué voy a hacer yo?”, “¿Cómo se supone que tengo que ser una buena hermana mayor si si nunca me ha ocurrido?”, “y bueno… eso de querer jugar con alguien, pues total, lo arreglaba con mis amiguitos y ya”.

Ahora, imagínense la aún más lacerante expectativa si eran los primeros en llegar (como me sucedió) recipientarios  hasta aquel momento de toooodo el amor familiar de los papás, tíos y abuelos.

La verdad es que, pasados los años, sé que no pudo ocurrir nada mejor en mi infancia que tener hermanos. Pero ¿quién me quita el sustazo que pasé?

Tal vez por eso me llegó este comercial que encontré por allí:

Hermanos, están siempre en mi corazón.