Días grises

Con dos años y medio, a raíz de un tratamiento dental difícil pero necesario mi hijo se pasó por una etapa muy irritable en que el llanto imparable, las patadas y mordidas empezaron a surgir. Mi niño no encontraba paz y sentía que lo habíamos abandonado a merced de unos gigantes que le hacían algo raro en la boca…

Nosotros recurrimos al sentido común, cariño, paciencia, explicaciones, “tiempo fuera”, pero nada parecía funcionar. En verdad estábamos desesperados porque no sabíamos cómo regresar al equilibrio. Volteamos bibliotecas de cabeza y cuando ya estábamos por ir al especialista cuando llegó la recomendación del libro “El abrazo consentido” por parte de mi cuñada.

Al leerlo en un día, caí en cuenta de lo obvio: Mi hijo necesitaba superar el mal momento de estar ante un dentista y dos ayudantes, por primera vez solo y que -para colmo- tenía que arreglarle su boquita; sí, el Odontopediatra tenía tooodos los reconocimientos de asociaciones nacionales e intrancionales y especialidades al respecto, pero para Pascual (y para nosotros) fueron 2 sesiones de shock.

Nuestro hijo necesitaba sanar ese momento en que aparentemente sus papás lo habían abandonado. Necesitaba sentirse PROFUNDAMENTE abrazado para no sólo un abrazo de amor como los que le regalábamos a montones, sino un abrazo con amor justo en el momento en que tenía una rabieta, que era cuando menos comprendido y solo se sentía.

Muchas personas nos dijeron que ellos mismos o sus hijos tuvieron retos fuertes en la infancia y que no por eso se les permitieron los berrinches pues les aplicaron la “disciplina oportuna” comúnmente aceptada (léase: castigos, nalgadas, coscorrones, y bueno, pues pobrecitos. Nosotros creemos que LA VIOLENCIA NO ES EL CAMINO.

Poco a poco, la magia del abrazo surtió efecto… al adivinarse el inicio de un berrinche le preguntábamos tranquilos “¿y… no será que lo que quieres en realidad es un abrazo?” y así, de la manera más maravillosa y sorprendente cambiamos abrazos por malos ratos, que -al final de cuentas- no eran sino su manera de expresar que se sentía incomprendido, solo, aislado, después de haber enfrentado al odontopediatra.

Durante nuestra búsqueda de respuesta encontramos montones de libros y artículos en donde se calificaba a los niños de manera directa o indirecta como “problema”. Cuando platicábamos con algunos papás no era difícil encontrar frases como “Fulanito pasó una época de imposible” “Era insufrible” y expresiones así. Siempre que escucho esto me da una enorme tristeza por los niños, porque -quien más debía comprenderlos- resultan ser sus principales acusadores. Y lógicamente piensan: “¿Qué más da portarse más mal si mis papás ya asumieron que soy una calamidad?”

Esperemos que funcione… ya les contaremos.

Mientras tanto, comparto con ustedes esta reflexión del Dr. Carlos González que me ha parecido pertinente: Tu hijo es buena persona.

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