El colibrí y un cuento añejo…

“El Colibrí” es una de mis canciones preferidas. Me recuerda muchísimo la época en que apenas llegaba a los 3 años y los jardines públicos eran tan seguros que las mamás nos inscribían en un programa del entonces Instituto Mexicano para la Infancia (IMPI) para poder jugar y aprender en clases al aire libre 2 horas por la mañana.

Todos los lunes, de camino -y sin prisa- a casa, hacíamos una parada obligatoria en el Kioskito del programa “Libros para Niños”, si mal no recuerdo; de lo que estoy segura es de la emoción y lo difícil que resultaba elegir cuál llevaríamos con nosotros. Tantos cuentos con dibujos bonitos, algunos coloridos, otros por colorear, cortos o largos, con juegos o sin juegos al final de la historia, pero emocionantes todos. Gracias al pellizco que mi Mamá hacía al gasto, pudimos conocer historias tan bonitas como la de la Tortuguita Ayotzin, La mariposa presumida, Las canicas y muchos más…

Ya en casa, comíamos y hacíamos la tarea lo más rápido posible porque sabíamos que al terminar nos iríamos al sillón verde, juntitas las tres para ver las imágenes y no perdernos un solo detalle del cuento que mi Mamá iba leyendo despacito. Eso sí: la ley era que  sólo se leía un cuento por día, para que nos duraran las historias hasta la semana siguiente.

Recuerdo un cuento en especial, aunque el título se me ha borrado. La historia va más o menos así:

“Hace muchos, muchos años, un hombre tuvo que enviar a su hijo a un lejanísimo lugar. El día antes de la partida, le entregó un saco grande con la misión de  recoger la mayor cantidad de piedras que encontrara en el camino hacia su destino; remató tan extraño encargo con una frase misteriosa para el hijo: “El día de mañana te sentirás muy afortunado y muy desgraciado”.

Para qué más que la verdad: al recibir la encomienda el hijo piensó que su padre ha perdido la cabeza. Y más por no quedar mal que por cumplir con el encargo de verdad, recogió algunas piedras rumbo a su destino, pero no tantas como hubiera podido… es más, cuando sintió que su saco estaba a punto de pesar descontaba algunas piedras para aligerar la carga.


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Al final del día  su saco pesaba, pero no tanto como para cansar su espalda o impedirle llegar ligero a su destino, porque -la verdad sea dicha- a juzgar por su fuerza y voluntad, de haberse aplicado podría haber guardado muchas, muchas piedras más para cumplir fielmente con el encargo.

El caso, es que cuando le alcanzó la noche, decide refugiarse para dormir. Ni siquiera puso mucho interés de dónde puso el saco con piedras, porque era -a su parecer- una carga molesta.

Al clarear el día se despierta listo para iniciar otra jornada de camino, sólo que se encuentra con una sorpresa que le quita el aliento: ¡Las piedras feas, pesadas, comunes se han transformado en joyas preciosas!  Es entonces cuando lo dicho por su padre cobra sentido:  El hijo se sintió feliz por haber recogido las que llevó, pero muy desdichado por todas las que dejó en el camino por parecerle pesadas.”

El cuento, remata diciendo que las piedras son como el conocimiento. Es muy difícil recogerlo y llevarlo disciplinadamente, pero al final del día se transformarán en un maravilloso regalo para toda la vida.

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