Sé que esta entrada hará que más de uno levante sus cejitas. El México del siglo XXI aún tiene mucho que recorrer para aceptar que el amor es amor viniendo de quien venga y yendo hacia donde vaya. Sé que me dirán -como alguna vez lo han hecho- que el amor entre parejas del mismo sexo es algo contra natura que destruye las “buenas costumbres” de la sociedad.

Y aquí cabría pensar en que la sociedad de “buenas costumbres” ha permanecido impávida ante la masacre de millones de sus propios hijos en las guerras, no ha hecho mucho por proteger a los grupos minoritarios en desventaja (de haberlo hecho, sus desgracias serían mucho menores) y ha brillado por su ausencia en el intento de comprender y aceptar a quienes son diferentes al común denominador en lo que a creencias religiosas, científicas, culturales, raza, nivel socioeconómico y más se refiere.

Las relaciones que se afianzan con el detrimento de alguna de las partes, no son de amor ni sanas y no importa si son entre personas del mismo o distinto sexo.  El amor es constructivo, el amor protege, el amor nutre, el amor perdura.

Después de vivir tantos años en una sociedad en donde cada día es más común ver actos de violencia, odio e intolerancia, creo que hay que dejar que el amor reconstruya los tejidos rotos de nuestra sociedad. No apelo a la tolerancia, ya que “tolerar” significa “soportar” lo diferente; yo me inclino más bien por la aceptación de que cada quien debería ser libre de manifestar su identidad siempre y cuando no vulnere los derechos de los demás.

Creo que la humanidad sólo podrá salvarse por el amor.

Hace un año supe que existía este día. Me hizo enterarme un poco más de la situación, aprendí que se llama así a aquellas enfermedades que se presentan en menos de 5 personas en cada 10 mil habitantes, pero -entre tantas urgencias de la vida cotidiana- pasé al siguiente pendiente con relativa prisa.

Hoy para nosotros ya no es posible pasar rápido el tema, porque en nuestra familia tenemos un caso que nos toca en lo más profundo y que llegó en agosto, con la Púrpura de Henoch Schonlein. Y es ahora cuando vemos cuánto significaría para nosotros y tantas otras familias poder tener un día completamente normal, sin medicinas, mediciones, citas, tendencias, quimios y preocupación que no nos deja sino hasta que uno alcanza el sueño profundo. Nuestro punto de vista sobre la vida ha cambiado también: Ahora valoramos hasta el momento más irrelevante en que estamos juntos, en relativa estabilidad, en un día normal y que antes podría correr entre nuestros dedos sin advertirlo.

Son más de 6,000 Enfermedades Raras detectadas, pueden manifestarse de un momento a otro en personas que antes llevaban una “vida normal” y significan un cambio rotundo en la vida. Cada una de ellas significa un reto enorme para quienes las padecen, su familia y comunidad. En México, son más de 7 millones de personas quienes las padecen y la investigación e inversión para aliviar esta situación es ¡tan poca!. Te invito a leer el artículo #EnfermedadesRaras de El Universal, pues es muy ilustrativo.

Aquí más datos sobre la Federación Mexicana de Enfermedades Raras:

e-mail:                  info@femexer.org
proyecto.pideundeseo.mexico@gmail.com
femexer@gmail.com
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Teléfonos            5543 2447,  5543 5450, 01 800 831 0202

¡Hace falta tanta investigación, difusión y concienciación!

Para los que trabajan por un futuro mejor para aquellos que más lo necesitan,

para los que no pierden la esperanza en la humanidad,

para quienes creen que no habrá justicia hasta que todos puedan alcanzarla,

para los que se esfuerzan por que los demás puedan contar con mejores oportunidades,

para quienes no pierden la fe en quienes han perdido el camino y trabajan para que ellos también la recuperen,

para quienes se comprometen con la ecología, para quienes hacen la diferencia en la vida de sus hermanos humanos…

¡para tantos humanos valiosos que hacen de esta humanidad un proyecto digno de existir!:

¡GRACIAS! Y felicidades en su día.

Dedicada a personas como mi mamá, mi hermana, mi vecina, mi cuñado a quienes -no importa lo que pase- hacen brillar para todos la luz de optimismo, joya invaluable en nuestros días.

Cada vez que alguien me dice que sus perros son muy finos o que le han costado mucho dinero, pienso en los que hemos tenido en casa. Ninguno de abolengo. Todos llegados por azar. Algunos los encontramos a orilla del lago abandonados, otros los recibimos regalados por vecinos que querían “deshacerse” de los cachorritos de sus perros y algunos más se fueron ganando el cariño a fuerza de pura constancia en nuestra puerta. Pienso que no he tenido que gastar un peso en comprarlos y que ellos nos han regalado compañía, cariño, constancia nomás por el hecho de sentirse queridos. Finalmente, desde nuestro punto de vista, de eso se trata tener un perro: compañía, cariño y convivencia, sin etiquetarlo como “inversión”, como alguien me ha dicho del suyo.

Aquí dejo el recuerdo de Yago, el último perrito que tuvimos hace ya más de 9 años. Esta es la foto del día en que llegó a nuestra puerta. ¿Quién se podría negar a quererlo con esos ojos?

Si de algo estoy segura, es que nuestro próximo perrito será rescatado de la calle también.

También dejo aquí una hermosa poesía llena de amor perruno:


El Perro Cojo

Manuel Benítez Carrasco
Granada, 1922 — Granada, 1999

Con una pata colgando,
despojo de una pedrada,
pasó el perro por mi lado,
un perro de pobre casta.
Uno de esos callejeros,
pobres de sangre y estampa.

Nacen en cualquier rincón,
de perras tristes y flacas,
destinados a comer
basuras de plaza en plaza.
Cuando pequeños, qué finos
y ágiles son en la infancia,
baloncitos de peluche,
tibios borlones de lana,
los miman, los acurrucan,
los sacan al sol, les cantan.
Cuando mayores, al tiempo
que ven que se fue la gracia,
los dejan a su ventura,
mendigos de casa en casa,
sus hambres por los rincones
y su sed sobre las charcas.

Qué tristes ojos que tienen,
que recóndita mirada
como si en ella pusieran
su dolor a media asta.
Y se mueren de tristeza
a la sombra de una tapia,
si es que un lazo no les da
una muerte anticipada.

Yo le llamo: psss, psss, psss.
Todo orejas asustadas,
todo hociquito curioso,
todo sed, hambre y nostalgia,
el perro escucha mi voz,
olfatea mis palabras
como esperando o temiendo
pan, caricias… o pedradas,
no en vano lleva marcado
un mal recuerdo en su pata.

Lo vuelvo a llamar: psss, psss.
Dócil a medias avanza
moviendo el rabo con miedo
y las orejitas gachas.
Chasco los dedos; le digo:
“ven aquí, no te hago nada,
vamos, vamos, ven aquí”.
Y adiós la desconfianza.
Que ya se tiende a mis pies,
a tiernos aullidos habla,
ladra para hablar más fuerte,
salta, gira; gira, salta;
llora, ríe; ríe, llora;
lengua, orejas, ojos, patas
y el rabo es un incansable
abanico de palabras.

Es su alegría tan grande
que más que hablarme, me canta.
“¿Qué piedra te dejó cojo?
Sí, sí, sí, malhaya”.
El perro me entiende; sabe
que maldigo la pedrada,
aquella pedrada dura
que le destrozó la pata
y él, con el rabo, me dice
que me agradece la lástima.

“Pero tú no te preocupes,
ya no ha de faltarte nada.
Yo también soy callejero,
aunque de distintas plazas
y a patita coja y triste
voy de jornada en jornada.
Las piedras que me tiraron
me dejaron coja el alma.

Entre basuras de tierra
tengo mi pan y mi almohada.
Vamos, pues, perrito mío,
vamos, anda que te anda,
con nuestra cojera a cuestas,
con nuestra tristeza en andas,
yo por mis calles oscuras,
tú por tus calles calladas,
tú la pedrada en el cuerpo,
yo la pedrada en el alma
y cuando mueras, amigo,
yo te enterraré en mi casa
bajo un letrero: «aquí yace
un amigo de mi infancia».

Y en el cielo de los perros,
pan tierno y carne mechada,
te regalará San Roque
una muleta de plata.
Compañeros, si los hay,
amigos donde los haya,
mi perro y yo por la vida:
pan pobre, rica compaña.

Era joven y era viejo;
por más que yo lo cuidaba,
el tiempo malo pasado
lo dejó medio sin alma.
Y fueron muchas las hambres,
mucho peso en sus tres patas
y una mañana, en el huerto,
debajo de mi ventana,
lo encontré tendido, frío,
como una piedra mojada,
un duro musgo de pelo,
con el rocío brillaba.

Ya estaba mi pobre perro
muerto de las cuatro patas.
Hacia el cielo de los perros
se fue, anda que te anda,
las orejas de relente
y el hociquillo de escarcha.

Portero y dueño del cielo
San Roque en la puerta estaba:
ortopédico de mimos,
cirujano de palabras,
bien surtido de intercambios
con que curar viejas taras.

“Para ti… un rabo de oro;
para ti… un ojo de ámbar;
tú… tus orejas de nieve;
tú… tus colmillos de escarcha.
Y tú, -mi perro reía-,
tú… tu muleta de plata”.

Ahora ya sé por qué está
la noche agujereada:
¿Estrellas… luceros…? No,
es mi perro cuando anda…
con la muleta va haciendo
agujeritos de plata.

Hablar sobre la violencia en México resulta siempre difícil porque -aunque sea inconscientemente- gran parte de la población ha desarrollado -por miedo quizá- una barrera ante la noticia de miles de casos terribles que ocurren en nuestro país a gente inocente. Tristemente es más fácil sentir que a quienes les ocurrió la desgracia son personas imaginarias, inexistentes sólo porque no cruzaron su camino con el nuestro. Hay quienes prefieren reducir el problema a un simple dato estadístico, lo que es más difícil porque 60, 80 o 100 mil muertes (según diferentes conteos) no pueden ocultarse “bajo la alfombra nomás” o aquellos sin entrañas que desearían que nadie alzara la voz para no espantar a esos siempre “huidizos” capitales extranjeros, a pesar de que callar significa perpetuar el ciclo violento.

Y comprendo por qué lo hacen así: ver este problema desde el punto humano implica comprometernos para parar esta escalada de deterioro social.

Pues este no será el caso.

Hay gente, como tú o como yo, cuya única desgracia fue estar en el lugar y momento equivocados y fueron víctimas… no sólo truncaron su vida con angustia, soledad, dolor, sino que -por cada uno de los asesinados (sí, suena fuerte, pero “esa” es la palabra precisa) muere una familia. Padres que no volverán a recibir una llamada o un abrazo de sus hijos, niños que no oirán ni sentirán jamás el calor de sus padres; hermanos que dejaron inconclusas entrañables historias y prometedores futuros; primos que ya no compartirán tardes de juego y amigos que no volverán.

Te felicito por llegar aquí. La gran mayoría habrá desertado a este punto, porque ¿para qué interesarse en tragedias que no son de uno?

Y justo ese es el caso: Cada una de las muertes sinrazón ES TRAGEDIA NUESTRA. Porque aquí vivimos, porque este es nuestro México, porque si no hacemos nada por pararla tarde o temprano llegará a nuestra familia, porque -si no ponemos un alto como comunidad- el deterioro social estará presente en cada uno de los aspectos en que se desarrollen nuestros hijos a futuro, porque no merecemos vivir con miedo y porque nadie va a parar esta sinrazón de manera pacífica y organizada si no lo hacemos nosotros. Escuché hace poco a alguien que decía que no podía hacer nada al respecto, porque no era político ni dirigente… y esa es justamente la paradoja…

¿Y cómo lo haremos?

Desde donde empieza toda sociedad: por la familia misma.

La paz, esa escurridiza meta.
Muchos dicen que la paz no es el estado natural del hombre y que a lo largo de la historia siempre existió la violencia.  Y -pregunto- penar así ¿nos hace mejores? ¿tenemos entonces que conformarnos con vivir en la violencia? Pues la paz cuesta trabajo y -obvio- tenemos que aplicarnos todos. Empieza con actos tan pequeños como no dejar pasar actos violentos como algo normal, cuidar el lenguaje en la casa, apoyar a los demás y fomentar la empatía en los pequeños.  Creo que -aunque haya sido práctica antigua- no esta bien regalar a los niños juguetes bélicos ni permitir que vean películas con contenido violento. ¿Por qué dejarlos viendo cómo se aniquilan unos contra otros (aunque sean los malos) en lugar de exigir como consumidor de productos visuales contenido de mayor calidad, con mayor exigencia de recursos intelectuales al televidente? Sí, sé que en muchísimos hogares mexicanos la TV ha pasado a ser la siniestra cuidadora de los niños porque ambos padres trabajan pero aún así ¿cómo esperar niños que den prioridad a opciones pacíficas si se les adoctrina todo el día con salidas fáciles, violentas, ilógicas, que perpetúan el consumismo ante todo para sentirse “realizados” como personas?

La verdad
La verdad puede ser fría, dura, trise, pero es la verdad y hay que vivirla. ¿Cómo exigir cuentas claras a nuestros hijos, parejas, jefes, padres, si no se dan al 100% por nuestra parte?

La honestidad
¿Que te pasaste el alto? Pide la multa y no caigas en la corrupción. ¿Que llegaste tarde?Pide disculpas SIN EXCUSA ALGUNA y haz un compromiso genuino personal con la administración de tu tiempo para cumplir los compromisos.

Claro, es difícil.

Para saber más: